TESTIMONIO

Por: Florencia Dinamarca

El Colegio que Acogió a mi Hermana

Mi hermana Consuelo (16) tenía un año y medio cuando desarrolló una epilepsia refractaria. Sus ataques consistían en que se ponía tensa, apretaba sus dientes y ‘exprimía’ los objetos que encontraba en su camino. En aquella época yo tenía siete años y no entendía mucho lo que sucedía. Mis papás, en cambio, estaban desesperados y buscaban cualquier solución para controlar la enfermedad. Se fueron a Cleveland, donde están los mejores especialistas, y la respuesta que obtuvieron fue que debían operar su cerebro, con el gran riesgo de afectar su capacidad de memoria y lenguaje. En medio de ese incierto escenario, ellos decidieron volver al país y buscar otras alternativas que se tradujeron en varios medicamentos y diversas terapias.

 

Desde ese momento, el dónde estudiaría la Consu fue un tema importante, porque era obvio que no cualquier colegio iba a ser adecuado. A ella le costaba más aprender, se distraía con facilidad y por eso debía recibir educación personalizada. Muchos colegios en Chile afirman ser inclusivos, pero aquello va más allá de sólo acoger con buen trato a la estudiante.

 

Al principio, entró al mismo que colegio en donde estábamos mis tres hermanos y yo. Estuvo ahí hasta los seis años y, luego de malas experiencias y nula educación especial, tomaron la decisión de cambiarla. Mi mamá había escuchado que una alumna que también tenía capacidades diferentes había entrado al Colegio Laudare, ubicado en Las Condes, y que estaba muy a gusto ahí. Así que esa fue la primera y única opción.

 

No fue una decisión simple, porque vivíamos en Chicureo y el cambio implicaría alterar toda la rutina familiar. Además, el hecho de que se rodeara sólo de alumnas con necesidades educativas especiales (NEE) podía implicar que ella retrocediera cognitiva y sicológicamente y que, lógico, jamás aprendiera las mismas cosas que en un colegio tradicional.

 

El Laudare fue fundado en 1990 y desde un principio fue sólo para mujeres. Es una comunidad pequeña, de 50 alumnas, que busca entregar un espacio inclusivo y acogedor. No hay cursos tradicionales, sino que estos dependen de las características de cada alumna y son máximo diez niñas por curso. La Consu, con cuatro compañeras más, está en la sala M2. Ahí todas aprenden a sus propios ritmos, sin presiones ni discriminaciones.

 

La directora, Macarena Ovalle (52), afirma que eventualmente quieren sumar hombres a su proyecto, pero no han podido porque la infraestructura no lo permite. El sello del colegio es que tiene una mirada integral y no trabaja sólo lo académico, sino que también lo socioemocional a través del reforzamiento de las habilidades blandas, según me explica para este artículo.

 

Macarena hace énfasis en la importancia del autoconcepto, autovaloración y sentido de pertenencia, ejes vitales en la configuración de la personalidad para poder enfrentar la vida futura. Por eso, los cursos se definen por la personalidad y no por la edad, para que así sean grupos homogéneos y las niñas se sientan completamente cómodas.

 

A medida que fue pasando el tiempo, algunas inquietudes aparecieron para mis hermanos y yo. ¿Cómo se supone que la Consu pueda rendir una buena PSU y estudiar una carrera profesional si estuvo toda su vida en un colegio para personas con NEE? Por esto, mi mamá se atrevió a cambiarla nuevamente y probar con una opción tradicional.

 

El 2017 mi hermana entró a un colegio que se definía como “inclusivo” en La Reina, pero fue un fracaso. No había educación enfocada en sus necesidades y, como ella misma admitió, estaba deprimida porque la hacían “sentir invisible”. Nadie la molestaba, pero tampoco nadie la acogía. Duró solo un año y pidió, por favor, volver al Laudare.

 

Hoy, mi hermana es una adolescente alegre, lo pasa bien, aprende y está cómoda. Se siente valorada, tiene muchas amigas y el colegio potenció increíblemente su autoestima. Quizás no dé una PSU excelente, pero sí va a convertirse en una mujer que se sabrá capaz de lograr todo lo que quiere. Y yo aprendí de ella eso: lejos, mejor lección para mi vida.

«El 2017 mi hermana entró a un colegio que se definía como “inclusivo” en La Reina, pero fue un fracaso. No había educación enfocada en sus necesidades y, como ella misma admitió, estaba deprimida porque la hacían “sentir invisible”. Nadie la molestaba, pero tampoco nadie la acogía. Duró solo un año y pidió, por favor, volver al Laudare.»